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The Piper At The Gates Of Dawn • Quincuagésimo Aniversario

Es claro que Pink Floyd hizo carrera dándole atractivo universal a la música psicodélica, progresiva y experimental, pero ahora que es momento de "echarle flores" a The Piper at the Gates of Dawn no queda otra opción que calificarlo como su obra psicodélica por excelencia.

No solo la psicodelia es muy de la contracultura sesentera y en particular 1967 es el año de los primeros grandes discos psicodélicos, sino que como todos sabemos, The Piper es una creación primordial del fundador Syd Barret, quien fuera el único integrante psicodélicamente activo, característica que los experimentados en la materia de hecho reconocemos en su música y líricas. La ausencia de Barret a partir de allí deja a Pink Floyd perdiendo de a pocos ese hermoso elemento y quedándose solo con lo progresivo y lo experimental, características que de manera lógica se relacionan con el lado 'estricto' de la banda y con los bien conocidos egos de los demás integrantes, sobre todo Waters y Gilmour.

No quiero dar una idea errónea, nada con Barret al volante estaba destinado a durar y amo a Pink Floyd tal como fue, pero retomando el argumento, por un lado este debut es la genial combinación de la alterada realidad de un Barret líder con la estructurada naturaleza de los arquitectos (de profesión) Waters, Mason y Wright, y por otro es la semilla que 'echó raíces' y les permitió las excelentes cosechas psicodélicas que todos conocemos. Por eso es un disco tan especial.

El viaje empieza con el emocionante sonido espacial de Astronomy Domine y su misteriosa letra, buena muestra de todo lo que viene a continuación. "Lime and limpid green, a second scene - A fight between the blue you once knew. - Floating down, the sound surrounds - Around the icy waters underground." Fascinante desde el primer minuto, aquí dejan claro que su propuesta era diferente de otros exponentes de la psicodelia y por consiguiente, de todo el rock de la época. Por cierto, hay que tener presente el artesanal trabajo de proyecciones e iluminación que operado por ellos mismos caracterizó su primeros shows en vivo.

(Según contaron en tweet hace un tiempo, en esta(s) foto(s) celebran que EMI financiaría su debut tras probar su valía con temazos pre-Piper como Arnold Layne o See Emily Play)

Con su manejo de voz y guitarra, así como por la generosa cantidad de canciones inventadas, Barret se proyectó como el perfecto frontman. La rockera Lucifer Sam es una buena muestra de su habilidad. Wright por su parte, aporta sofisticación con el piano pero también demencia con otros teclados, sello de Floyd para siempre. Por ejemplo, en Chapter 24 no hay guitarra, solo teclados. Esto sumado a su hermosa letra la hace una de las canciones más interesantes del disco. "A movement is accomplished in six stages - And the seventh brings return. - The seven is the number of the young light - It forms when darkness is increased by one." El bloque melódico que hacían Barret y Wright era de un nivel elevado. Solo les bastaban un par de minutos para hacer literales maravillas, como en Scarecrow.

En el ritmo, Nick Mason se enfoca mucho en los tambores dejando los platillos para acentuar y acompañar en los momentos de mayor intensidad, como en Pow R. Toc. H., dejando libre el espectro de las notas altas para que los demás instrumentos jueguen (otro sello de Floyd). Por su parte, Waters muestra el temprano desarrollo de su inconfundible estilo, que con la guía creativa de Barret hacen sus líneas de bajo mucho más alegres y movidas que de costumbre, como el único tema de su autoría aquí: el sensacional Take Up Thy Stethoscope and Walk, cuya velocidad los pone a prueba a los cuatro.

Las limpias voces de estos jóvenes ingleses que con frecuencia se unen en hermosos coros, los juguetones relatos sobre lugares y personajes imaginarios Matilda Mother (me encanta la frase: "Wondering and dreaming - The words have different meanings"), Flaming, The Gnome entre otras características, pueden sugerir inocencia.  Sin embargo, en muchos episodios el disco golpea duro y puede desesperarte con su antigua estridencia. Interstellar Overdrive por ejemplo, el épico insignia del disco, empieza como un rock contagioso e inofensivo que al poco rato te lleva a un denso limbo instrumental (otro sello Floyd) en el que he visto sucumbir a varios inexpertos. Esta música puede herir susceptibilidades.

A través de sus ecos, sus tempranos efectos, sus extrañas percusiones, sus ruidos y silencios, percibo una obra joven que partió de lo popular camino a lo erudito y se perdió en un bosque mágico. Hermoso. Además, no porque disfrute de lo psicodélico quiere decir que al escuchar Piper me encuentre en el cómodo disfrute del mero entretenimiento. No. Todavía este disco me reta e intriga con sus cualidades, por eso creo que el Piper es arte y es rock.

¿Qué te dijera? Aunque el entendimiento generalizado sobre su calidad llegó años después por allá cuando Pink Floyd se convirtió en una sensación mundial, lo cierto es que aún siendo una pieza medio chiflada que en principio debería mantener a las masas alejadas, The Piper At The Gates Of Dawn nunca ha cesado de atraer audiencia como una de las mejores piezas en aquella respetable discografía a la que dio inicio, ni los fanáticos hemos cesado de rendirle culto, por lo que estamos ante un consabido clásico. Mis respetos a este único e irrepetible trabajo.

¡Feliz aniversario!

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