Iron Maiden · Cuadragésimo Aniversario

Por: Carlos Blázquez

En 1980, gracias a la tenacidad del creador y líder de Iron Maiden, el bajista Steve Harris, y después de un ir y venir de infinidad de músicos, la banda británica había conseguido no solo una formación más que solvente, sino, además, un buen número de fans que asistían a sus conciertos y que habían agotado las 5.000 copias que salieron a la venta de The SoundHouse Tapes, la maqueta que contenía tres temas: Iron Maiden, Prowler e Invasion.

¿Solo eso? No. Eran el único grupo con dos canciones en el recopilatorio Metal for Muthas (Sanctuary y Wrathchild), que reunía a algunas de las bandas más prometedoras de la incipiente New Wave Of British Heavy Metal como Praying Mantis, Angel Witch o Samson (cuyo vocalista, por cierto, era en aquel entonces un tal Bruce Bruce, de nombre real Bruce Dickinson, que elogiaba la calidad de la que, poco tiempo después, sería su banda). También teloneaban a Judas Priest, habían aparecido en la revista Sounds y en el programa 20th Century Box de la BBC… Y lo más importante de todo: El manager Rod Smallwood había entrado ya en el proyecto de Harris y compañía, y había conseguido para el grupo un contrato por tres discos con EMI.

Durante trece días de enero de 1980, Iron Maiden, con una formación compuesta por Paul Di’Anno como vocalista, Steve Harris al bajo, Dave Murray y Dennis Stratton a las guitarras, y Clive Burr a la batería, grabaron su primer disco en los Kingsway Studios de Londres.

Tras descartar a nombres como Guy Edwards o Andy Scott (al que no contrataron porque quería que Harris tocara el bajo con púa), la producción corrió a cargo de Will Malone, que había trabajado antes con grupos emblemáticos como Black Sabbath o Meat Loaf. Al parecer el líder de Iron Maiden sigue renegando de la decisión tomada. Malone puso, por lo visto, más interés en leer revistas como Country Life con los pies cruzados sobre la mesa de grabación, que en darle entidad al sonido de banda. Suerte que el ingeniero de audio Martin Levan asumió las riendas y supo articular y potenciar, entre otras cosas, las características vocales de Di’Anno o las armonías de guitarra de Stratton, que aunque no continuaría mucho más tiempo en el grupo dejó su sello en la forma de hacer.

Así, el 14 de abril de 1980 se publicó el primer álbum de estudio de Iron Maiden, una de las bandas legendarias de la historia del rock. El disco, que se llamó igual que el grupo, traía en su portada, como no, a Eddie, la mítica mascota de la banda, obra del ilustrador Derek Riggs a partir de un dibujo previo titulado Electric Matthew que pretendía simbolizar el movimiento punk ochentero y que se inspiraba en la fotografía de Ralph Morse “Calavera en el tanque” tomada en 1942 tras la batalla de Guadalcanal.

No fue, sin embargo, esta, la primera aparición oficial de Edward the Head (Eddie para los amigos) porque ya se le había podido ver en el single Running Free, lanzado el 8 de febrero de 1980, surgiendo de entre las sombras de un callejón mientras perseguía a un joven heavy, al que algunos pretenden ver cierto parecido físico con Bruce Dickinson en algo así como un ejercicio de premonición.

El lp original contó con ocho temas, nueve en su versión americana por la inclusión de Sanctuary, que se descartó en la británica, pero que sí fue lanzada como sencillo y con polémica, además, porque en su portada Eddie aparecía asesinando a Margaret Thatcher.

El disco arranca con Prowler, pura energía en la que ya se ponen de manifiesto algunas de las claves de la esencia de Iron Maiden: Cambios de ritmo, un bajo frenético y guitarras dobladas en algunos momentos. El tema, como casi todos, lo compuso Steve Harris y trata de un tipo que acecha a mujeres tras unos arbustos con las peores de las intenciones.

Remember Tomorrow, obra de Harris y Di’Anno, es una pieza que se ajusta a la perfección a las cualidades del vocalista. A priori un medio tiempo que desemboca en riffs que son puro Iron Maiden y con una parte instrumental espectacular tras un cambio de ritmo, por no hablar de esas guitarras que parecen gritar “fire” una y otra vez al final del tema. Opeth, Anthrax y especialmente Metallica han hecho muy buenas versiones de esta canción.

De Running Free poco que explicar. Es uno de los TEMAZOS del grupo británico. Servidor no puede escucharlo sin cantar a voz en grito y tocar la guitarra de aire. La sección rítmica es magnífica, el bajo de Harris cabalga como solo él sabe hacerlo cabalgar. Di’Anno lo borda y las guitarras de Murray y Stratton se descuelgan en fantásticos equilibrios.

Phantom of the Opera, otra de las grandes canciones del grupo, marcará el camino para muchas otras composiciones de Iron Maiden (y me atrevo a decir que también de más bandas, como Helloween, por ejemplo). Con 7:20 de duración y diversas secuencias rítmicas pone en evidencia la maestría del malogrado Clive Burr, sin desmerecer, por supuesto, la calidad técnica de ninguno de sus compañeros que hacen también virguerías a lo largo del tema. Harris se inspiró en la novela homónima de Gaston Leroux para componer esta canción. La literatura siempre ha sido fuente de inspiración para el bajista, que ha compuesto magníficas canciones a partir de textos de Samuel Taylor Coleridge u Orson Scott Card entre otros.

Transylvania es una pieza instrumental muy apta para el headbanging y que por momentos aporta un leve puntito folkie para luego dispararse con afilados solos de guitarra y líneas de bajo de locura. Engancha con Strange World, quizá, como su nombre indica, el elemento más extraño del disco, el menos ligado al conjunto desde mi punto de vista. Un medio tiempo con letra de ciencia-ficción del que Paul Mario Day, primer cantante del grupo, reclamaría años después parte de la autoría.

Dave Murray compuso para este disco Charlotte the Harlot, un tema muy celebrado de la banda que habla sobre los sentimientos de un personaje enamorado de una prostituta. El personaje de Charlotte aparecerá 3 veces más a lo largo de la discografía de Iron Maiden en los temas: 22 Acacia Avenue, Hooks in You y From Here To Eternity.

El lp cierra otro de los temas más importantes del repertorio del grupo: Iron Maiden. Compuesto por Harris, es uno de los himnos que todo fan sabe recitar de memoria y cuyos riffs iniciales consiguen que un estadio repleto se venga arriba. Poco hay que decir de él, es pura magia.

Han pasado 40 años desde que se publicó este disco y pese a una producción mejorable, pese a la riquísima trayectoria de la banda y, por supuesto, pese a las eternas disputas de los seguidores que aún seguimos empeñados en debatir qué formación ha sido la mejor, este álbum sigue tan vivo como cuando se publicó. Esperemos que dentro de otros 40 años podamos revisitarlo con las mismas sensaciones, aunque seguro que con menos pelo, y que la banda, cuyos miembros ya serán centenarios, continúe en el estado de gracia en el que se encuentra en este momento. Por pedir que no quede.

UP THE IRONS!

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