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Disintegration • Trigésimo Aniversario

Por: Santiago Rivas

A menudo se dice que las bandas “maduran” cuando aceptan que quieren hacer canciones populares y comerciales, y aceptan adaptar su sonido a las exigencias del mercado. Todo el mundo pensaba lo mismo después del disco Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me que en 1987 le había dado a The Cure canciones un poco más cercanas al ideal del pop, que no necesariamente chocaban con la naturaleza oscura de sus orígenes post-punk. Pero Robert Smith no necesariamente creía que la madurez fuera lo suyo (aún hoy no lo es, a juzgar por sus conciertos de tres horas y su pelo, que puede no conservar su forma de clavel original, pero sigue pareciendo una mata. Al menos, una de esas que se desparrama de la matera que la contiene, como una enredadera).

El caso es, en 1988 Smith seguía sin sentir que su obra maestra hubiera llegado. Se encontraba desanimado y oscuro por dentro (y eso que no le había tocado el gobierno Duque), por lo que se decidió a encerrarse a componer un nuevo álbum, del que mucho se rumoraba iba a ser un trabajo como solista. Al final de ese proceso, en mayo de 1989, tras todo tipo de chismes e incluso después de expulsar a su baterista Lol Tolhurst, apareció Disintegration. No solo se trata de su obra maestra y la de The Cure, es uno de los álbumes fundamentales en la historia del rock gótico. Cuando se hizo, el objetivo de Smith (y seguramente de Simon Gallup) era retornar al sonido de Pornography, pero haciendo una colección de sencillos más amplia.

En la práctica, consistió en privilegiar una vez más los riffs sencillos y punzantes, los valles de puro sonido y volver a las canciones de más de tres minutos, lo que lo hace un álbum muy atmosférico. Perfeccionan la fórmula compositiva de The Cure: Entre Gallup (bajo) y el baterista construyen el tema principal, la frase grande que se esconde y se muestra a lo largo de toda la canción, para que la guitarra rítmica pueda ir alternándose con la principal, construyendo una melodía que se repite en fases más cortas. En el medio de esta conversación, Smith a veces se lamenta, a veces llora, a veces canta, a veces casi solamente habla.

La elección de Plainsong para abrir no es gratuita. Se trata de un tema emocional en el que los teclados juegan un papel fundamental, y crea el ambiente de todo el resto del álbum. La voz de Smith repite en el eco: I think it's dark and it looks like it's rain, you said / And the wind is blowing like it's the end of the world, you said / And it's so cold, it's like the cold if you were dead / And you smiled for a second / I think it's dark and it looks like it's rain, you said / And the wind is blowing like it's the end of the world, you said / And it's so cold, it's like the cold if you were dead /And you smiled for a second…" Y sigue apenas una estrofa más, o una y media, y se funde otra vez en esta canción, que es más un umbral de sonido. Acaba, y las campanitas de Pictures Of You dan inicio a una canción que sigue conservando una consciencia pop muy clara, mucho más complaciente, pero al tiempo muy melancólica. Se extiende otra vez en las frases de bajo, guitarra y teclados, se disfruta poco a poco la antesala de uno de los himnos más hermosos que se haya escrito jamás al despecho y la nostalgia.

Closedown inicia con una frase larga de solamente bajo y batería, una fórmula que The Cure aprovecha siempre muy bien. Se repite el golpe grave del tambor, se puede oír perfectamente la uña que raspa la cuerda del bajo, como le encanta a Gallup. Poco a poco se van uniendo los teclados y la guitarra, poco a poco, sin invadir ni tomar el liderazgo. Es la tercera introducción larga, lo que en mi interpretación es una invitación clara a oír con calma el álbum y sobre todo las letras. Se toman su tiempo, porque vale la pena, pero porque la canción es una, no solo su letra, no solo su emoción, que nada sería sin el tema que siguen tocando y que a veces abre campo para la voz.

Lovesong es difícil de describir, simplemente porque se ha oído tanto que no puedo creer que tenga que contarles a qué suena y, sin embargo, sigue siendo una canción preciosa, un himno del rock, un himno del amor malsano, un himno de los góticos, un himno adolescente, un himno del drama. El tema consiste básicamente de bajo y teclados, para que las guitarras puedan aparecer y cantar como si fueran la voz. Y el lamento constante de Smith y su juramento para toda la vida, y el repique del teclado, la frasecita que es imposible de sacarse de la cabeza… ¿Cómo putas puede no gustarle esta canción a alguien? Si se sienten muy saturados, oigan la versión que las Kumbia Queers hacen en cumbia villera, para que la bailen, para que la gocen.

Last Dance es imprescindible. Es una canción casi completamente atmosférica, en la que la voz se pierde al mismo nivel que el teclado, como si Smith fuera un fantasma que se lamenta en medio de una balada, sonando en otra dimensión. Su entrada hace un valle de pura tristeza en el álbum, cuatro minutos de perplejidad, para entrar a mis dos canciones favoritas de toda la historia de esta banda. Esta canción no estaba en la versión en vinilo, pero sí en la versión en CD, lo mismo que Homesick. Una lástima pensar que no está en todos los formatos, porque es fácilmente la canción más triste del álbum.

Lullaby es una canción que construye con su música exactamente la historia que cuenta en su letra. Es hipnótica, por lo que a pesar de su paso lento, va haciéndose bailable a cada segundo. Es como una telaraña, en que las dos guitarras van sonando y enredándose. El teclado va, poco a poco, poniendo puntos en ese tejido. La batería no cambia, sigue la hipnosis y así se lo va devorando a uno, mientras Smith le susurra al oído “the spider man is having me, for dinner tonight…” Es tan elocuente, que podría convertirse en una película, si no existiera ya un Spider Man, que no hipnotiza a sus víctimas ni se las come cuando las atrapa en su red. Escribiendo este texto la repetí unas diez veces, pero era hora de pasar el track...

Fascination Street es mi apertura de fiestas favorita. Como soy latinoamericano, disfruto tanto como los ingleses bailando canciones tristes. Tal vez eso es lo que hace que queramos tanto a The Cure y que nuestras bandas icónicas hayan tenido una fase “curesca”. La línea del bajo es perfecta. Inician nuevamente con una fase de música larga, van añadiendo cada instrumento, hasta que una guitarra hace un punteo ligero y la canción tiene cuatro pisos, que vuelven a aplanarse un poco, y empieza esta letra que como tantas otras, habla sobre el deseo y la fiesta, sobre el momento en que uno sale de fiesta y cualquier cosa puede ser esa noche, mientras se mira a alguien, perdido en el amor, en el apetito. No se sabe qué pasa después, no quiero saberlo. Esos cinco minutos de canción no necesitan mucha letra “…so pull on your hair/Pull on your pout/Cut the conversation/Just open your mouth/Pull on your face/Pull on your feet/And let's hit opening time/Down on Fascination Street…

El trance termina para mí cuando empieza Prayers For Rain. Es la canción más depresiva de todo el álbum y obviamente, es una joya. No creo que se pueda repetir mucho sin empezar a descender realmente. Son seis minutos de estar mal, pero uno no quiere parar. Luego llega The Same Deep Water As You, que tampoco trae muy buenas noticias. Una atmósfera constante. Suena como un cuerpo que se aferra a la vida durante nueve minutos. Una vez más, se crea un espacio con la música en el que la voz de Smith se lamenta, parecido a lo que pasa en Last Dance, pero más lento. Puro rock gótico, como para estar solo. Todo parece hacer eco, solamente la guitarra principal va haciendo su frase, por encima del resto de la banda. "Kiss Me Goodbye…” esta seguro es la más triste del álbum.

Disintegration levanta un poco el ritmo y vuelve a un sonido mucho más post-punk, muy de los comienzos de la banda. Como para que no digan que acá no nos gusta bailar, ni nada. Batería y guitarra rasgada, apenas ruido para sacudirse un poco y ahí estamos otra vez. Está claro que los singles del álbum quedaron atrás hace rato, pero hay que oírselo completo, hay que gozarlo todo.

Llega después Homesick, una canción triste, quizás la más triste del álbum, que habla sobre el extravío. De hecho, es la única canción en la que Lol Tolhurst había participado activamente durante el álbum. Cuando la banda decidió echarlo por su alcoholismo, incluso amenazó con sacarla. Eso sí habría sido triste. Y al final, Untitled, que le sirve a la banda y a Smith para cerrar en punta. No que sea una canción feliz, ni más faltaba, pero sí se trata de un tema un poco más animado que esta última fase, con una cadencia un poco más esperanzadora que las canciones que venía uno oyendo. Una vez más, la reverberación y el eco hacen sonar las guitarras repetidas, como vistas por un ojo de mosca. Son varios punteos que generan una serie de brillos en el ambiente que crean. La batería sigue su curso hacia el fade out, inmutable. Al final suena un acordeón, o un teclado que suena como un acordeón, y se despide el álbum con una nota larga, como si se acabara el aire.

En 1989 les quedaban tres años sin material nuevo, yo tengo el privilegio de escribir treinta años después, con toda la discografía a mi disposición, por lo cual, como es lógico, vuelvo a poner Lullaby.

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